Los agentes de IA podrían vaciar los depósitos bancarios baratos, advierte Torsten Slok de Apollo

Torsten Slok, economista jefe de la firma de gestión de activos Apollo Global Management, ha lanzado una advertencia que está resonando con fuerza en los círculos financieros y tecnológicos: los agentes de inteligencia artificial podrían desencadenar una fuga masiva de depósitos bancarios al mover automáticamente el efectivo de los hogares desde cuentas corrientes de bajo interés hacia alternativas con mayor rendimiento. La tesis de Slok conecta dos tendencias que hasta ahora se analizaban por separado —la revolución de la IA generativa y la sensibilidad de los depositantes a las tasas de interés— y sugiere que su combinación podría transformar la estructura del sistema bancario tradicional.
El mecanismo que describe Slok es, en apariencia, sencillo. Durante décadas, los bancos han financiado buena parte de su negocio gracias a los llamados depósitos "baratos": dinero de clientes que permanece estacionado en cuentas corrientes o de ahorro que pagan intereses mínimos o nulos. Esa base de financiación estable y de bajo costo ha sido uno de los pilares de la rentabilidad bancaria. Sin embargo, la irrupción de agentes de IA capaces de gestionar finanzas personales de forma autónoma —monitoreando tasas, comparando productos y ejecutando transferencias sin intervención humana— podría erosionar ese colchón. Si millones de hogares delegan estas decisiones en software inteligente, el dinero podría desplazarse en cuestión de segundos hacia instrumentos de mayor rendimiento, como fondos del mercado monetario, cuentas de alto interés o productos de DeFi.
La advertencia de Slok evoca inevitablemente el fantasma del "bank run" digital. La crisis de Silicon Valley Bank en 2023 demostró lo rápido que puede moverse el dinero en la era de las aplicaciones móviles, cuando los depositantes retiraron miles de millones en cuestión de horas. Lo que Slok plantea es una versión automatizada y potencialmente mucho más veloz de ese fenómeno: en lugar de que sean personas pulsando botones en sus teléfonos, serían agentes de IA los que, siguiendo instrucciones predefinidas de maximizar el rendimiento, retiraran fondos de forma coordinada y casi instantánea. La velocidad y la escala de ese movimiento podrían superar con creces cualquier episodio histórico de fuga de depósitos.
Para el sector bancario, las implicaciones serían profundas. Los bancos se verían obligados a competir de manera mucho más agresiva por el ahorro de los hogares, elevando las tasas que ofrecen o diversificando sus fuentes de financiación hacia mercados mayoristas, que suelen ser más volátiles y costosos. Esto podría comprimir los márgenes de interés neto, una métrica clave de la rentabilidad bancaria, y forzar una reconfiguración del modelo de negocio tradicional. Los bancos más pequeños, con menos capacidad de ofrecer rendimientos competitivos, serían los más vulnerables, lo que a su vez podría concentrar aún más el sector en las entidades más grandes.
La tesis de Slok también conecta con un debate más amplio sobre el papel de la IA en las finanzas. Los agentes autónomos que gestionan dinero ya no son ciencia ficción: existen prototipos y productos comerciales que prometen optimizar el ahorro, las inversiones y hasta los pagos. Si esa adopción se acelera, el sistema financiero podría enfrentarse a una nueva clase de riesgo sistémico, en el que algoritmos que persiguen el mismo objetivo —el máximo rendimiento— actúen de forma sincronizada y amplifiquen movimientos de capital. Los reguladores, que ya siguen de cerca la digitalización bancaria, tendrían que evaluar si las herramientas actuales de supervisión y los colchones de liquidez son suficientes para contener un escenario de este tipo.
No obstante, la advertencia de Slok debe leerse también como un escenario prospectivo y no como una predicción inevitable. La adopción masiva de agentes de IA financieros depende de factores como la confianza de los usuarios, la regulación, la interoperabilidad entre plataformas y la propia resistencia de los bancos, que podrían responder con sus propios servicios automatizados. Además, muchos hogares valoran la seguridad y la simplicidad por encima del rendimiento marginal, lo que podría frenar la migración automática de fondos. Aun así, el simple hecho de que una figura de la talla de Slok plantee públicamente este riesgo indica que la industria empieza a tomarse en serio la intersección entre IA y estabilidad financiera.
En definitiva, la reflexión de Torsten Slok añade una capa nueva a la ya compleja relación entre tecnología y banca. Si los agentes de IA se convierten en gestores habituales del dinero de los hogares, los depósitos baratos que durante tanto tiempo sostuvieron el modelo bancario podrían dejar de ser un activo seguro para convertirse en un recurso en fuga constante. El sector financiero, los reguladores y los propios usuarios tendrán que decidir cómo adaptarse a un mundo en el que el dinero se mueve a la velocidad del algoritmo.
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